Hay recuerdos que marcan. Marca desear a los ocho años, atrapada por el fervor de un domingo de ramos, convertirte algún día en sacerdote y enfrentarte a la amarga realidad que eso no es posible porque las mujeres no pueden recitar sermones en la iglesia pero sí pueden –si aún quisieras– cocinar, limpiar y remendar la vestidura del clérigo. También marca la voz implorante de tu padre pidiéndote que estudies –y, de grande, que trabajes– para ser independiente. Esto, con el objetivo de que frente a la mala suerte de formar una familia con un hombre que te maltrate, puedas dejarlo sin miedo y no termines sin un cobre curando tus heridas en la calle. 

Marca participar de una celebración de trabajo y verte arrinconada por ese jefe que –bajo la excusa de los dos tragos de más- te siguió al baño con otras intenciones. Tener que huir de la escena sintiéndote culpable por miedo al “qué dirán” de aquellos que no vieron nada pero, de seguro, especularán de todo, marca y hiere. Escuchar insultos, improperios, expresiones mañosas y justificaciones hacia la violencia o el maltrato a otras mujeres, marca y llena de rencor. La imagen de una tía muy querida sentada en la cocina con los ojos empañados por las lágrimas describiendo como su esposo la tomó del cuello y lo apretó al borde de la asfixia, marca y permanece más que todo. 

Estas escenas son solo viñetas de experiencias cotidianas con las que podríamos llenar libros. No me las contaron, tuve –como todas– que vivirlas para entender mi posición en la sociedad como persona de sexo y género femenino. En todos estos años de interacción con representantes del género he tenido que esquivar –no sin sentirme contrariada– numerosos atentados a mi cuerpo, a mi intimidad, a mi autoestima, a mi espíritu y a mi libertad de conciencia. Producto de esta defensa feroz a la dignidad femenina hoy me considero una mujer fuerte y afortunada cuyo valor –o construcción de género– es invariable a las apreciaciones caprichosas –y de mentalidad algunas veces primitiva– de la sociedad peruana. 

No fue fácil. Para llegar aquí –confieso– debí ser áspera, hiriente y hasta agresiva con muchos hombres. Algunos merecieron ese trato. Otros, tal vez, no tanto. Llegue a sentir odio al mismo tiempo que hacia burdas generalizaciones sobre la incapacidad de todo un género de comprender el principio básico de la igualdad. También sentí resentimiento hacia cierto tipo de mujer que consideré débil: “por su culpa las cosas no cambian”, renegué incontables veces de impotencia. El resultado de actitudes como estas y de las que no puedo rescatar sentimientos de orgullo necesariamente, fue la soledad. Ese es el precio de la lucha por la igualdad de género para muchas niñas y adolescentes que aprenden a punto de ensayo y error sin una guía real para hacerse respetar.

Cinco magistrados del Poder Judicial deberán decidir en los próximos días el futuro del enfoque de género en el currículo escolar. Ya en una primera instancia decidieron remover del documento todo lo referido a este tema. Eliminados quedaron planteamientos como: “Si bien aquello que consideramos ‘femenino’ se basa en una diferencia sexual, estas son nociones que vamos construyendo día a día en nuestras interacciones”. El texto hace referencia a interacciones como las que acabo de describir al inicio de este artículo. Pero existe un grupo, no pequeño, de personas que no quiere este enfoque –guiado a la tolerancia– en nuestras aulas, en nuestros colegios o en nuestros corazones. 

Según estadísticas del INEI al 2017, aproximadamente siete de cada 10 mujeres ha reportado ser víctima de algún tipo de violencia física, sexual o psicológica. Si siete de 10 fuera una probabilidad a favor de la selección en el mundial, esta sería una apuesta segura que afecta directamente a nuestro entorno inmediato. ¿Por qué entonces no hay más padres, madres, hermanos y hermanas entregados en la defensa de la igualdad de género si esta podría ser una respuesta precisamente para enmendar el origen del problema?

Para responder esta pregunta –que me hago desde hace algunos meses ya– estoy evaluando una hipótesis que de seguro será controversial. En un momento clave de la lucha por la emancipación femenina surgió la necesidad de abrir a combazos surcos de cambio dentro de un ordenamiento social que no admitía a la mujer fuera de un corsé. Esos cambios –logrados gritando, rabiando y enfrentando todo y a todos–, creo, no pueden ser criticados. Pero ahora la perspectiva de los años nos revela que ese camino de constante confrontación ya no es eficaz y no está logrando verdaderos resultados. 

Las estadísticas de violencia en nuestro país y la radicalización de las posturas conservadoras en la política a nivel mundial parecen guiñar en ese sentido. No se trata, nuevamente, de generalizar o culpar al feminismo de la popularidad de las ideas de Donald Trump, por ejemplo. Pero sí de preguntarnos si esta es una batalla que las mujeres –fuertes y seguras de su valor e identidad dentro de la sociedad– podemos librar sin la ayuda de los hombres o de otras mujeres que se sienten distantes a las luchas históricas que afectan a su género.

Considerando esto, y aprovechando que es el Día Internacional de la Mujer, me gustaría hacer un planeamiento osado: que la siguiente etapa de la emancipación con mirada de género procure convocar a todos. Elevar a la mujer cómo la víctima y criticar duramente al victimario se ha convertido en la premisa central de todas nuestras reacciones ante las injusticias cometidas contra la mujer. Pero esta actitud es sin duda una simplificación del problema que no propone alternativas o soluciones. En una situación de maltrato siempre hay dos partes enfermas –o más, si sumamos al entorno– que no reconocen su papel dentro de un círculo perverso que muchas veces proviene de modelos replicados por generaciones. 

¿Cómo involucramos a todos en esta lucha con un poco más de empatía para romper esos vicios sin alienar al género masculino en su totalidad? ¿Cómo hacemos sentir a un sector mayoritario que la igualdad de género no atenta contra sus ideales y principios fundamentales y que, por el contrario, ayuda a ser mejores personas? La respuesta, lamentablemente, aún se me escapa. Escucho, sí, propuestas. ¿Escuchamos todos?

 

(Ilustración: Dénia.com)